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Categoría: La voz silenciada
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La historia de Tamaraceite y sus alrededores posee una riqueza documental extraordinaria, desde todos los puntos de vista. Tenemos que aclarar que la extensión de Tamaraceite no ha sido siempre la que nosotros hemos vivenciado, y en tal sentido hay que situarnos en los momentos anteriores a la conquista de la Isla, en la que Atamarasaid era un cantón tan importante dentro del contexto isleño que ocupaba una extensión enorme, que vendría siendo, aproximadamente, lo que hoy en día ocupa el Municipio de Las Palmas de Gran Canaria. Escribir sobre Atamarazait sería un cuestión muy compleja y amplia y el espacio del que disponemos no lo permite pero sí que me gustaría sacar a la luz un aspecto que tiene mucho que ver con los inicios de las empresas, o formas de ganarse la vida. Aquellas primeras personas que decidieron montar unos mesones pensaron, muy bien por cierto, que el entorno era el adecuado por ser Tamaraceite, San Lorenzo o Tenoya lugares de paso obligado hacia el norte y oeste de la Isla y es por ello que, con muy buen criterio, construyeron aquellos primeros mesones en Tamarasayte, al lado del Camino Real, es decir lo que actualmente es la Carretera General, en la falda de la Montañeta.


El mesón era una casa en donde se repostaba, se descansaba, se comía y se bebía, además de poder albergar a aquellos viajeros y a sus caballerías. Allí tanto los transeúntes como sus bestias podían recuperarse y reponer fuerzas para continuar el camino. En Tamaraceite, ya desde el siglo XVI, adquirieron una gran fama. En el año 1637 se habla del “Camino Real que va a dar a los Mesones de Tamarasayte, encontrándose por la parte trasera el Barranco del mismo Lugar”.


En el año 1651 los Mesones pertenecían a Sebastián Perera y tres años después Juan de Toro, vecino de Teror, arrendaba los “Mesones de Tamarasaite y de San Lorenzo”, teniendo que pagar, por el vino que se vendiera o no se vendiera en los mencionados mesones, la cantidad de 80 reales. En aquel momento le fue arrendado por D. José de Betancort Herrera, Arrendador Mayor de la Sisa del Maravedí del Vino de la Ciudad.


Ese mismo año Los Mesones se sitúan con más precisión: “...en Tamarasaite, donde dicen La Montañeta de los Mesones”, y cercanos a las casas del Licenciado Palenzuela.


Estaban en funcionamiento dos mesones, ya que el Arrendador Mayor de Sisa de Maravedí del Vino los arrienda de nuevo, en el año 1663, a Sebastián Almeida, vecino que residía en uno de los Mesones y que atendía él mismo, “...y el otro que tenía Melchor Hernández, por espacio de un año y para que el primero citado cobrara como cosa suya toda la sisa de las pipas de vino que se vendieran, tanto en pipas enteras como en barriles”.


Tanta fue la fama que cogieron aquellos Mesones, que se le dio su nombre a la zona de sus alrededores, así podemos verlo cuando varios vecinos compran tierras, entre los años 1674 y 1741, en lo que se denominó Los Mesones de Tamarasaite.

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Tienda de Dª María Villegas. Colección FEDAC

La condición de lugar de paso hizo que muchos viajeros, fundamentalmente del siglo XIX y XX, tanto nacionales como extranjeros, al pasar por de este pago nos dejaran constancia en sus escritos y libros y prueba palpable de ello son las palabras que nos dejó Verneau, allá por el año 1878, que nos decía: “...todos los cocheros que vienen de la Capital hacen su primera parada para que sus caballos descansen y para humedecerse el gaznate.”, también el viajero inglés, de finales del siglo XIX, Isaac Latimer al hablar de los caminos y carruajes nos decía: “... a mitad de camino había unas estaciones para permitir el descanso y el cambio de animales. La Cuesta en Tenerife era la única parada obligatoria que se hacía entre Santa Cruz y La Laguna. En Gran Canaria se hacía en Tamaraceite. En estos lugares se encontraban algunas casas agrupadas y algunos mesones.”

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Dª María Villegas. Colección FEDAC

La necesidad de repostar en Tamaraceite hizo que, no sólo, se construyeran casas en torno a aquellos Mesones sino que florecieran otros pequeños negocios y ya desde la primera mitad del siglo XX eran muy famosos los bizcochos lustrados de Doña María Villegas, siendo una parada obligatoria, no sólo para reponerse sino para poder comprar y degustar aquellos, según dicen, exquisitos manjares. Los coches de hora paraban por sólo comprar los artículos que ofrecía Dª María Villegas, no sólo sus mencionados bizcochos sino que también tenía a la venta, en su negocio de Tamaraceite, bollos, queques y otros productos similares[1].


En el año 1915 Doña María Villegas Racilla era viuda de D. José Santana Afonso. Por la misma fecha tenía una casa alquilada para despacho de carnes, también tenía una casa que utilizaba para su comercio y para la ya citada industria de dulces.


Con este escrito quiero hacer un homenaje a todas y todos aquellos que pueden considerarse los pioneros de la ahora denominada área comercial de Tamaraceite.


Juan Francisco Santana Domínguez

Doctor en Historia



[1]Datos orales aportados por D. Juan Pérez Navarro, que le fueron dados, de la misma forma, por su madre, que tuvo el placer de disfrutar de aquellos productos.